Thursday, November 13, 2014

¿A qué huele el agua?

Esto fue publicado  en la revista electrónica Transeúnte en Junio del 2012, pero ahora tiene vigencia pues de nuevo el agua huele mal.  Este artículo es en colaboración con la Dra. Marisa Mazari del Instituto de Ecología, UNAM. La Dra. Mazari trabaja sobre aspectos de la calidad del agua que nos tomamos, tanto extraída de pozos, como de sistemas de agua superficial como es el caso del Sistema Cutzamala.

Desde hace algunas semanas, los capitalinos de diez delegaciones hemos recibido agua con un olor y sabor desagradable. Según las autoridades, las delegaciones son: Azcapotzalco, Miguel Hidalgo, Benito Juárez, Coyoacán, Cuajimalpa, Magdalena Contreras, Tlalpan, Iztapalapa, Iztacalco y Venustiano Carranza.

Al principio, cada quien creía que era su propia cisterna o tinaco, y algunos hasta los mandaron a lavar, pero no resolvió el problema. Poco a poco nos dimos cuenta que era un fenómeno generalizado, comentado por vecinos y amigos cercanos.

Poco después nos enteramos por las noticias que este problema sólo lo sufrían las personas que reciben el agua del Sistema Cutzamala que en algunas zonas la combinan con agua de pozo. Dicho sistema se basa en una serie de tubos que comienzan en Michoacán, cruzan el Estado de México y así llegan hasta el DF. Este sistema se abastece de siete presas, entre las cuales se encuentran la presa Valle de Bravo y Villa Victoria, en las que aparentemente se presentó el problema.

Durante la época de secas en estas presas, como en todos los lagos del país, la temperatura del agua es mucho más alta que durante el resto del año. Además, al finalizar esta época de calor, los lagos y presas no han recibido agua nueva durante varios meses y el sol ha evaporado parte de la contenían. Es como dejar un caldo a fuego lento, después de un rato se tiene una sopa con poca agua y muy concentrada. En el caso de los lagos es concentrada en nutrientes como el fósforo y el nitrógeno.

Estas son las condiciones ideales para las algas.

Las algas son las que tiñen el agua de color verde. Cualquiera que haya ido al Lago de Chapultepec sabe de lo que estamos hablando. Parecidas a las bacterias, las algas pueden reproducirse extremadamente rápido y en pocos días cambiar el agua de una presa, como la de Valle de Bravo, de transparente a verde intenso.

Cada año la duración de la época de secas, de lluvias y la temperatura del agua es diferente. También es distinto en la cantidad de nutrientes, por lo tanto, aún cuando en estas fechas siempre se presenta en el crecimiento de algas, no todos los años es en la misma cantidad. Al parecer este año el crecimiento algal fue particularmente intenso. 

Cuando nos referimos a “las algas”, no nos referimos a una sola especie, sino a un conjunto de especies de algas que forman una comunidad. Cada especie tiene sus propias respuestas a la temperatura y la cantidad de nutrientes. También generan diferentes substancias, algunas son inocuas pero otras pueden ser tóxicas para el ser humano.

Por ejemplo, una especie de algas produce una substancia llamada “geosmina”, que en griego significa “aroma de la tierra”. Esta substancia fue la reportada por las autoridades como aquella que está provocando el olor del agua que estamos tomando en la Ciudad de México. La substancia puede ser tóxica en un grado bajo para algunos seres humanos sensibles; puede causar irritación de piel y ojos, así como malestar estomacal.

Si llegó esta olorosa substancia a nuestros grifos, nadie nos puede asegurar que no existan otras algas, bacterias, o incluso virus que no estén llegando. Por ejemplo, existe un alga que tiene diferentes variedades -como las razas de los perros- y una de estas variedades puede generar una substancia tóxica llamada microsistina. Sabemos que en Valle de Bravo esta alga se ha presentado en años anteriores, pero no sabemos si en este evento se presenta la variedad tóxica.

Los efectos potenciales a mediano y largo plazo del consumo del agua, con toxinas como la microsistina, están primordialmente sobre el daño en el hígado. En pocas palabras, podemos estar tomando agua con toxinas y no enfermarnos en el corto plazo, pero sí presentar problemas de hígado en el largo plazo. Por lo anterior, el argumento de la Secretaría de Salud del DF, en el cual indican que el consumo del agua no afecta a los humanos porque no se han detectado brotes epidémicos, implica solo una parte de la problemática.

Estas substancias pueden estar llegando a nuestros grifos por una falta de capacidad para tratar aguas con un exceso de algas en las plantas potabilizadoras. La salud de la población está en riesgo y, por lo tanto, es fundamental invertir recursos para contar con plantas potabilizadoras con capacidad suficiente para purificar el agua, incluso sólo para estas épocas del año.

¿Qué podemos hacer? Primero estar conscientes de que esto es temporal y que posiblemente con las lluvias, el florecimiento de algas se reduzca. Mientras tanto, es recomendable el no tomar agua de manera directa del grifo. Para ello, habrá que utilizar el recurso menos sustentable que existe: comprar agua embotellada. El agua embotellada genera basura con los envases de plásticos no degradables. Las embotelladoras utilizan el agua casi purificada de las plantas potabilizadoras -que todos pagamos con nuestros impuestos-  la terminan de purificar y las envasan. Por ello nos cobran el litro de agua 10 mil veces más caro de lo que cuesta el litro de agua que llega a nuestros grifos. Es buen negocio para las compañías embotelladoras pero muy malo para el resto de la sociedad. Esperemos que este recurso sea necesario muy poco tiempo.

También existe la posibilidad de hervirla, puesto que la geosmina es un alcohol que se evapora con el calor, pero está en combinación con un naftaleno y desconocemos si puede dejar residuos; tema que estamos aún investigando con ayuda de químicos expertos. Una última opción es pasar el agua por filtros que tengan carbón activado, pues éste retiene los compuestos orgánicos como la geosmina. Pero hay que tener en mente que estos filtros no son eficientes al 100%. 

La Conagua y el Sistema de Aguas de la Ciudad de México (SACMEX) han dicho que esta agua con olor desagradable no tiene efectos en salud. Aquí se pueden plantear dos escenarios: imaginemos que eso no es cierto y que sí tiene efectos en salud, ¿qué otra cosa podrían decir a dos semanas de las elecciones? ¿Pedirnos los capitalinos que no tomemos agua? Ya lo dijo el Secretario de Salud del DF “Huele feo y sabe feo, pero es la única disponible, si no trajéramos esa agua, pues entonces no habría de otra” (Reforma 26 de junio, 2012).

Ahora bien, imaginemos el segundo escenario: efectivamente el agua sólo tiene mal olor y sabor, así que tenemos que aguantarnos. ¿No nos merecemos algo mejor los capitalinos? En la Norma Oficial Mexicana (NOM-127-SSA1-1994), se menciona que la primera característica que debe de tener el agua tener “olor y sabor agradable”. La interpretación basado en nuestras clases de primaria es que no debe de tener ni color ni sabor ni olor.



A corto plazo podemos hervir el agua, comprar agua embotellada o resignarnos a tomar agua con olor y sabor desagradable. Pero en el largo plazo es fundamental exigirle a las autoridades que cuenten con planes para un manejo de agua sostenible, que incluyan el contar con plantas potabilizadoras, que tengan filtros de carbón activado y sean capaces de cubrir esos problemas que nos afectan de manera directa.


También es fundamental que las autoridades nos informen claramente con sobre las causas y consecuencias de este problema. Nos encantaría conocer los datos de los análisis realizados por Conagua sobre la concentración del compuesto geosmina que ellos reportan, así como la inocuidad de estas substancias, es decir, los análisis que prueban que estas no tengan efectos en la salud humana. Sin embargo, nunca nos muestran la totalidad de los datos, sólo una parte, lo cual genera suspicacias. Con toda la información tendremos una sociedad que pueda tomar decisiones sobre su propia salud sin desconfiar de las autoridades.